Emile Durkheim, "Las Reglas del Método Sociológico"
Cap. I:
"Qué es un hecho social"
Antes
de indagar el método que conviene al estudio de los hechos sociales, es preciso
saber a qué hechos se da este nombre.
La
cuestión es tanto más necesaria, en cuanto se emplea aquel calificativo sin
mucha precisión; se le emplea corrientemente para designar a casi todos los
fenómenos que ocurren en el interior de la sociedad, por poco que a una cierta
generalidad unan algún interés social. Pero, partiendo de esta base, apenas si
podríamos encontrar ningún hecho humano que no pudiera ser calificado de
social. Todo individuo bebe, duerme, come, razona, y la sociedad tiene un gran
interés en que estas funciones se cumplan regularmente. Si estos hechos fueran,
pues, sociales, la sociología no tendría objeto propio, y su dominio se
confundiría con el de la biología y el de la psicología.
Pero,
en realidad, en toda sociedad existe un grupo determinado de fenómenos que se
distinguen por carácteres bien definidos de aquellos que estudian las demás
ciencias de la Naturaleza.
Cuando
yo cumplo mi deber de hermano, de esposo o de ciudadano, cuando ejecuto las
obligaciones a que me he comprometido, cumplo deberes definidos, con
independencia de mí mismo y de mis actos, en el derecho y en las costumbres.
Aún en los casos en que están acordes con mis sentimientos propios, y sienta
interiormente su realidad, ésta no deja de ser objetiva, pues no soy yo quien
los ha inventado, sino que los he recibido por la educación. ¡Cuántas veces
sucede que ignoramos el detalle de las obligaciones que nos incumben, y para
conocerlas tenemos necesidad de consultar el Código y sus intérpretes
autorizados! De la misma manera, al nacer el creyente ha encontrado
completamente formadas sus creencias y prácticas; si existían antes que él, es
que tienen vida independiente. El sistema de signos de que me sirvo para
expresar mi pensamiento, el sistema de monedas que uso para pagar mis deudas,
los instrumentos de crédito que utilizo en mis relaciones comerciales, las
prácticas seguidas de mi profesión, etc., funcionan con independencia del
empleo que hago de ellos. Que se tomen uno tras otros los miembros que integran
la sociedad, y lo que precede podrá afirmarse de todos ellos.
He
aquí, pues, maneras de obrar, de pensar y de sentir, que presentan la
importante propiedad de existir con independencia de las conciencias
individuales.
Y
estos tipos de conducta o de pensar no sólo son exteriores al Individuo, sino
que están dotados de una fuerza imperativa y coercitiva, por la cual se le
imponen, quieran o no. Sin duda, cuando me conformo con ellos de buen grado,
como esta coacción no existe o pesa poco, es inútil; pero no por esto deja de
constituir un carácter intrínseco de estos hechos y la prueba la tenemos en que
se afirma, a partir del momento en que intentamos resistir. Si yo trato de
violar las reglas del derecho, reaccionan contra mí para impedir mi acto si
todavía hay tiempo, o para anularlo y restablecerlo en su forma normal si se ha
realizado y es reparable, o para hacérmelo expiar si no puede ser reparado de
otra manera. ¿Se trata de máximas puramente morales? La conciencia pública
impide todo acto que la ofenda, por la vigilancia que ejerce sobre la conducta
de los ciudadanos y las penas especiales de que dispone. En otros casos la
coacción es menos violenta, pero existe. Si yo no me someto a las convenciones
del mundo, si al vestirme no tengo en cuenta las costumbres seguidas en mi país
y en mi clase, la risa que provoco, el aislamiento en que se me tiene,
producen, aunque de una manera más atenuada, los mismos efectos que una pena
propiamente tal. Además, no por ser la coacción indirecta, es menos eficaz. Yo
no tengo obligación de hablar en francés con mis compatriotas, ni de emplear
las monedas legales; pero me es imposible hacer otra cosa. Si intentara escapar
a esta necesidad mi tentativa fracasaría miserablemente. Industrial, nada me
impide trabajar con procedimientos y métodos del siglo pasado; pero si lo hago
me arruinaré sin remedio. Aun cuando pueda liberarme de estas reglas y
violarlas con éxito, no lo haré sin lucha. Aun cuando pueda vencerlas
definitivamente, siempre hacen sentir lo suficiente su fuerza coactiva por la
esistencia que oponen. Ningún innovador, por feliz que haya sido en su empresa,
puede vanagloriarse de no haber encontrado obstáculos de este género.
He
aquí, pues, un orden de hechos que presentan caracteres muy especiales:
consisten en maneras de obrar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo,
y que están dotadas de un poder coactivo, por el cual se le imponen. Por
consiguiente, no pueden confundirse con los fenómenos orgánicos, pues consisten
en representaciones y en acciones; ni con los fenómenos psíquicos, que sólo
tienen vida en la conciencia individual y por ella. Constituyen, pues, una
especie nueva, a que se ha de dar y reservar la calificación de (sociales).
Esta calificación les conviene, pues no teniendo al individuo por sustracto, es
evidente que no pueden tener otro que la sociedad, ya a la política en su
integridad, ya a algunos de los grupos parciales que contiene, confesiones
religiosas, escuelas políticas, literarias, corporaciones profesionales, etc.
Además, podemos afirmar que sólo conviene a ellos, pues la palabra social, sólo
tiene un sentido definido a condición de designar únicamente fenómenos que no
entran en ninguna de las categorías de hechos constituidos y calificados.
Constituyen, pues, el dominio propio de la sociología. Es verdad que la palabra
coacción, con la cual los definimos, corre riesgo de asustar a los partidarios
entusiastas de un individualismo absoluto. Como estos creen que el individuo es
perfectamente autónomo, consideran que se aminora su valor, siempre que se
intenta hacerlo depender de algo que no sea él mismo. Más siendo hoy ya
incontestable que la mayoría de nuestras ideas y tendencias no son elaboradas
por nosotros, sino que provienen del exterior, es evidente que sólo pueden
penetrar en nosotros, por medio de la imposición: esto es cuanto significa
nuestra definición. Además, es cosa sabida que toda coacción social no es
necesariamente exclusiva de la personalidad individual.(1)
Sin
embargo, como los ejemplos que acabamos de citar (reglas jurídicas, morales,
dogmas religiosos, sistemas financieros, etc.), consisten todos en creencias y
en prácticas constituidas, de lo que antecede podría deducirse que el hecho
social ha de ir acompañado forzosamente de una organización definida. Pero
existen otros hechos que, sin presentar estas formas cristalizadas, tienen la
misma objetividad y el mismo ascendiente sobre el individuo. Nos referimos a lo
que se ha llamado corrientes sociales. Por ejemplo: en una asamblea, los
grandes movimientos de entusiasmo, de indignación, de piedad, que se producen,
no se originan en ninguna conciencia particular. Vienen a cada uno de nosotros
del exterior, y son capaces de arrastrarnos aun contra nuestro deseo. Sin duda,
puede suceder que si me abandono a ellos sin reserva, yo no sienta la presión
que ejercen sobre mí. Pero aparece desde el momento en que intente resistirlos.
Que un Individuo trate de oponerse a una de estas manifestaciones colectivas, y
los sentimientos que niega, se vuelven en su contra. Ahora bien, si esta fuerza
de coerción externa se afirma con tal claridad en los casos de resistencia, es
que existe, aunque inconsciente, en los casos contrarios. Entonces somos
víctimas de una ilusión que nos hace creer que hemos elaborado por nosotros
mismos lo que se nos impone desde fuera. Pero si la complacencia con que
creemos esto, desfigura el impulso sufrido, no lo suprime . El aire tampoco
deja de ser pesado, porque no sintamos su peso. Aun cuando hayamos, por nuestra
parte, colaborado a la emoción común, la impresión que hemos sentido es muy
diferente de la que hubiéramos experimentado de estar solos. Una vez terminada
la reunión, y cesado de obrar sobre nosotros aquellas influencias sociales, al
encontrarnos solos con nosotros mismos, los sentimientos por los que hemos
pasado nos hacen el efecto de algo extraño en lo cual no nos reconocemos.
Entonces comprendemos que los hemos sufrido mucho más de lo que en ellos hemos
colaborado. Hasta pueden inspirarnos horror, por lo contrarios que son a
nuestra naturaleza. Y de esta manera, individuos generalmente inofensivos,
reunidos en manada, pueden dejarse arrastrar por actos de verdadera atrocidad.
Ahora bien; cuanto hemos dicho de estas explosiones pasajeras, se aplica
igualmente a estos movimientos de opinión, más duraderos, que se producen sin
cesar a nuestro alrededor, ya en el conjunto de la sociedad, ya en círculos más
limitados, sobre materias religiosas, políticas, literarias, artísticas, etc.
De
otra parte, para confirmar con una experiencia característica esta definición
del hecho social, basta observar la manera como son educados los niños. Cuando
se miran los hechos tales como son y como siempre han sido, salta a los ojos
que toda educación consiste en un esfuerzo continuo para imponer a los niños
maneras de ver, de sentir y de obrar, a las cuales no habrían llegado espontáneamente.
Desde los primeros momentos de su vida les obligamos a comer, a beber, a dormir
en horas regulares, a la limpieza, al sosiego, a la obediencia; más tarde les
hacemos fuerza para que tengan en cuenta a los demás, para que respeten los
usos, conveniencias; les coaccionamos para que trabajen, etcétera. Si con el
tiempo dejan de sentir esta coacción, es que poco a poco origina hábitos y
tendencias internas que la hacen inútil, pero que sólo la reemplazan porque
derivan de ella. Es verdad que, según Spencer, una educación racional debería
reprobar tales procedimientos y dejar en completa libertad al niño; pero como
esta teoría pedagógica no ha sido practicada por ningún pueblo conocido, sólo
constituye un desiderátum personal, no un hecho que pueda oponerse a los hechos
que preceden. Lo que hace a estos últimos particularmente instructivos, es el
tener la educación precisamente por objeto el constituir al ser social; en ella
se puede ver, como en resumen, la manera como en la historia se ha constituido
este ser. Esta presión de todos los momentos que sufre el niño es la presión
misma del medio social que tiende a moldearlo a su imagen y del cual los padres
y los maestros no son más que los representantes y los intermediarios.
No
es su generalidad lo que puede servirnos para caracterizar los fenómenos
sociales. Un pensamiento que se encuentre en todas las conciencias
particulares, un movimiento que repitan todos los individuos, no son, por esto,
hechos sociales. Si para definirlos se contenta el sociólogo con este carácter,
es que, equivocadamente, los confunde con lo que podríamos llamar sus
encarnaciones individuales. Lo que los constituye son las creencias, las
tendencias, las prácticas del grupo tomado colectivamente; en cuanto a las
formas que revisten los estados colectivos al refractarse en los individuos,
son cosas de otra especie. Lo que demuestra categóricamente esta dualidad de
naturaleza es que estos dos órdenes de hechos se presentan muchas veces
disasociados. En efecto: algunas de estas maneras de obrar y de pensar
adquieren, por la repetición, una especie de consistencia que, por decirlo así,
los precipita y los aisla de los hechos particulares que los reflejan. De esta
manera afectan un cuerpo y una forma sensible que les es propio, y constituyen
una realidad sui géneris muy distinta de los hechos Individuales que las
manifiestan. El hábito colectivo no existe sólo en estado de inmanencia en los
actos sucesivos que determina, sino que, por un privilegio sin par en el reino
biológico, se expresa una vez para siempre en una fórmula que se repite de boca
en boca, se transmite por la educación y hasta se fija por escrito. Tal es el
origen de las reglas jurídicas, morales, de los aforismos y dichos populares,
de los artículos de fe, en donde las sectas religiosas y políticas condensan
sus creencias, de los códigos de lo bello que erigen las escuelas literarias.
Ninguna de ellas se encuentran por completo en las aplicaciones que hacen las
particulares, pues hasta pueden existir sin ser actualmente aplicadas.
Sin
duda esta disociación no se presenta siempre con la misma claridad. Pero basta
con que exista de una manera incontestable en los importantes y numerosos casos
que acabamos de recordar, para demostrar que el hecho social es distinto de sus
repercusiones individuales. Además, aun cuando no se presente inmediatamente a
la observación, puédese ésta realizar mediante ciertos artificios de método:
hasta es necesario proceder a esta operación si se quiere separar el hecho
social de toda mescolanza, para observarlo de esta manera en estado de pureza.
Y de esta manera, existen ciertas corrientes de opinión que nos empujan con una
desigual intensidad, según los tiempos y los países, una, por ejemplo, hacia el
matrimonio, otra, al suicidio o a una natalidad más o menos fuerte. Y todo esto
son evidentemente hechos sociales. A la primera impresión parecen inseparables
de las formas que toman en los casos particulares; pero la estadística nos
proporciona medios para aislarlos. En efecto; no sin exactitud están figurados
por el tanto por ciento de la natalidad, de los matrimonios, de los suicidios,
es decir, por el número que se obtiene dividiendo el total medio anual de los
matrimonios, de los nacimientos, de las muertes voluntarias por los hombres en
edad de casarse, de procrear, de suicidarse.(2) Y esto porque como cada una de
estas cifras comprende todos los casos particulares indistintamente, las
circunstancias individuales que pueden tener cierta influencia en la producción
del fenómeno se neutralizan mutuamente y, por consiguiente, no contribuyen a su
determinación. Lo que expresan es un determinado estado del alma colectiva.
He
aquí lo que son los fenómenos sociales una vez que se los ha desembarazado de
todo elemento extraño. En cuanto a sus manifestaciones privadas, podemos
afirmar que tienen algo de social, pues reproducen en parte un modelo
colectivo; pero cada una de ellas depende también, y en mucho, de la
constitución orgánico-psíquica del individuo, de las circunstancias
particulares en que está colocado. Estas manifestaciones no son, pues,
fenómenos propiamente sociológicos. Pertenecen a la vez a dos reinos: se las
podría llamar socio-psíquicas. Interesan al sociólogo, sin constituir la
materia inmediata de la sociología. En el interior del organismo se encuentran
también fenómenos de naturaleza mixta que estudian las ciencias mixtas, como la
química biológica.
Pero,
se dirá:un fenómeno sólo puede ser colectivo a condición de ser común a todos
los miembros de la sociedad o, por lo menos, a la mayoría de ellos, y, por
consiguiente, si es general. Sin duda, pero si es general, se debe a que es
colectivo (es decir, más o menos obligatorio), bien lejos de ser colectivo
porque es general. Es un estado del grupo que se repite en los individuos
porque se les impone. Existe en cada parte porque está en todo, lejos de que
esté en el todo porque está en las partes. Esto es lo que es especialmente
evidente de estas creencias y de estas prácticas, que las generaciones
anteriores nos han transmitido completamente formadas; las recibimos y las
adoptamos, porque siendo a la vez una obra colectiva y una obra secular, están
investidas de una autoridad particular que la educación nos ha enseñado a
reconocer y a respetar. ahora bien; hay que notar que la inmensa mayoría de los
fenómenos sociales llegan a nosotros por este camino. Aun cuando el hecho
social sea debido en parte a nuestra colaboración directa, no por esto cambia
de naturaleza. Un sentimiento colectivo que se manifiesta en una asamblea, no
expresa solamente lo que había de común entre todos los sentimientos
individuales, sino que representa algo completamente distinto, como ya hemos
demostrado. Es una resultante de la vida común, un producto de las acciones y
reacciones que se desarrollan entre las conciencias individuales; si resuena en
cada una de ellas, es en virtud de la energía especial que debe precisamente a
su origen colectivo. Si todos los corazones vibran al unísono, no es a
consecuencia de una concordancia espontánea y preesta-blecida, sino porque una
misma fuerza los mueve en el mismo sentido. Cada uno es arrastrado por todos.
Llegamos,
pues, a representarnos de una manera precisa el dominio de la sociología. Este
dominio comprende solamente un grupo determinado de fenómenos. Un hecho social
se reconoce en el poder de coerción externa que ejerce o es susceptible de
ejercer sobre los individuos; y la presencia de este poder se reconoce a su
vez, ya por la existencia de alguna sanción determinada, ya por la resistencia
que el hecho opone a toda empresa individual que tienda a violarla. Sin embargo
también se lo puede definir por la difusión que presenta en el interior del
grupo, con tal que, teniendo en cuenta las precedentes observaciones, se tenga
cuidado de añadir, como segunda especial característica, que existe con
independencia de las formas individuales que toma al confundirse. En algunos
casos, este último criterio hasta es de una aplicación más sencilla que el
anterior. En efecto; la coacción es fácil de constatar cuando se traduce al
exterior por alguna reacción directa de la sociedad, como sucede, por ejemplo,
con el derecho, con la moral, con las creencias, con los usos y hasta con las
modas.
Pero
cuando esta coacción es indirecta, como, por ejemplo, la que ejerce una
organización económica, no se percibe siempre con la necesaria claridad. La
generalidad, combinada con la objetividad, pueden entonces ser más fáciles de
establecer. De otra parte, esta segunda definición no es más que la primera en
una forma distinta; pues si una manera de obrar, que tiene vida fuera de las
conciencias individuales se generaliza, sólo puede hacerlo imponiéndose .(3)
Sin
embargo, se nos podría argüir: ¿es esta definición completa? En efecto; los
hechos que nos han servido de base son todos maneras de hacer; son de orden
fisiológico. Ahora bien; existen también maneras de ser colectivas; es decir
hechos sociales de orden anatómico y morfológico. La sociología no puede
desinteresarse de lo que concierne al sustracto de la vida colectiva. Y sin
embargo, el número y naturaleza de las partes elementales de que está compuesta
la sociedad, la manera de estar dispuestas; el grado de coalescencia que han
alcanzado, la distribución de la población por el territorio, el número y
naturaleza de las vías de comunicación, la forma de las habitaciones, etcétera,
no parecen al primer examen poder reducirse a maneras de obrar, o de sentir, o
de pensar.
Pero
estos diversos fenómenos presentan, desde luego, la misma característica que
nos ha servido para definir a los demás. Estas maneras de ser se imponen al
individuo de la misma suerte que la maneras de hacer de que hemos hablado. En
efecto; cuando se quiere conocer el modo como están combinadas estas
divisiones, la fusión más o menos completa que existe entre ellas, no se puede
obtener ningún resultado mediante una inspección material o por inspecciones
geográficas; y esto porque aquellas divisiones son morales, aun cuando tengan
alguna base en la naturaleza física.
Esta
organización solamente puede estudiarse con el auxilio del derecho público,
pues es este derecho el que la determina, de la misma manera que determina
nuestras relaciones domésticas y cívicas. Ella es pues, igualmente obligatoria.
Si la población se amontona en nuestras ciudades en lugar de distribuirse por
el campo, es señal de que existe una corriente de opinión, un impulso
colectivo, que impone a los individuos esta concentración. La libertad que
tenemos para elegir nuestros vestidos, no es superior a la que tenemos para
escoger la forma de nuestras casas; tan obligatoria es una cosa como la otra.
Las vías de comunicación determinan de una manera imperiosa el sentido de las
emigraciones interiores y de los cambios, y hasta la intensidad de estos
cambios y emigraciones, etc. Por consiguiente, todo lo más, a la lista de los
fenómenos que hemos enumerado, como presentando el signo distintivo del hecho
social, podríamos añadir una categoría más; pero como esta enumeración no
podría ser rigurosamente exhaustiva, la adición no será indispensable.
Y
ni siquiera sería útil, pues estas maneras de ser no son más que maneras de
hacer consolidadas. La estructura política de una sociedad no es más que la
manera cómo los distintos segmentos que la componen han tomado la costumbre de
vivir entre sí. Si sus relaciones son tradicionalmente estrechas, los segmentos
tienden a confundirse; en el caso contrario, a distinguirse. El tipo de
habitación que se nos impone, no es más que el resultado de la manera como se
han acostumbrado a construir las casas, los que viven a nuestro alrededor, y en
parte, las generaciones anteriores. Las vías de comunicación no son más que el
cauce que se ha abierto a sí misma -al marchar en el mismo sentido- la
corriente regular de los cambios y de las emigraciones, etc. Sin duda, si los
fenómenos de orden morfológico fueran los únicos que presentasen esta fijeza,
se podría creer que constituyen una especie aparte. Pero una regla jurídica es
una coordinación tan permanente como un tipo de arquitectura, y sin embargo, es
un hecho fisiológico. Una simple máxima moral es, a buen seguro, más maleable,
pero presenta formas más rígidas que una sencilla costumbre profesional o que una
moda. Existen, pues, toda una gama de matices que, sin solución de continuidad
enlazan los hechos de estructura más caracterizada con estas corrientes libres
de la vida social que todavía no se han moldeado definitivamente. Entre ellos
no existen más que diferencias en el grado de consolidación que presentan. Unos
y otras no son otra cosa que la vida más o menos cristalizada. Sin duda, puede
existir algún interés para reservar el nombre de morfológicos a los hechos
sociales que hagan referencia al sustracto social, pero en este caso no se ha
de perder de vista que son de la misma naturaleza que los demás. Nuestra
definición comprenderá todo lo definido, si decimos: Hecho social es toda
manera de hacer, fijada o no, susceptible de ejercer sobre el individuo una
coacción exterior; o bien: Que es general en el conjunto de una sociedad,
conservando una existencia propia, independiente de sus manifestaciones
individuales.(4)
NOTAS
1- Los suicidios
se producen con distinta frecuencia según la edad que se tenga y según la época
en que se viva.
2- Pero un
estado individual no deja de ser individual por el hecho de que rebote en
otros. Además cabe preguntarse si la palabra imitación es realmente la adecuada
para designar una propagación debida a una influencia coercitiva. Esta
expresión se utiliza para denominar, de forma imprecisa, fenomenos muy diversos
y que seria preciso diferencias.
3- Por lo dicho
se comprende la distancia que media entre esta definición del hecho social y
aquella otra que sirve de base al ingenioso sistema de Tarde. En primer lugar,
debemos declarar que nuestras investigaciones no nos han hecho descubrir, en
ninguna parte, aquella influencia preponderante que Tarde atribuye a la
imitación, en la génesis de los hechos colectivos. Además, de la definición
precedente -que no es una teoría, sino un simple resumen de los datos
inmediatos de la observación-, parece resultar que la imitación no sólo no
expresa siempre, sino que no expresa nunca lo que hay de esencial y de
característico en el hecho social. Sin duda, todo hecho social es ilimitado, y
como acabamos de ver, tiene una tendencia a generalizarse; pero esto es porque
es social es decir, obligatorio. Su fuerza de expansión no es la causa, sino la
consecuencia de su carácter sociológico. Si los hechos sociales fueran los
únicos en producir esta consecuencia, la imitación podría servir si no para
explicarlos, por lo menos para definirlos. Pero un estado individual que se
repite no deja por esto de ser individual. Además habría necesidad de aclarar
si la palabra imitación es la más conveniente para designar una propagación
debida a una influencia coercitiva.
Bajo esta única
expresión se confunden fenómenos muy diferentes, que sería preciso distinguir.
4- Este estrecho
parentesco entre la vida y la estructura, del órgano y de la función, puede
establecerse fácilmente en la sociología, porque entre estos dos términos
extremos, existe toda una serie de intermediarios. Inmediatamente observables
que muestran su lazo de unión. La biología no posee este recurso. Pero hay
derecho para creer que las inducciones sobre este punto de la primera de estas
ciencias, son aplicables a la otra, y que tanto en los organismos como en las
sociedades, sólo existe entre estos dos órdenes de hecho, diferencias de grado.
Precursores de la sociologia. Saint-Simon y los socialistas utopicos
Socialismo utópico
El término socialismo utópico fue acuñado en 1839 por Louis Blanqui, aunque alcanzó notoriedad tras el empleo que de él hicieronMarx y Engels en su "Manifiesto Comunista". Éstos consideraban que los pensadores utópicos, aunque bienintencionados, pecaban de idealismo e ingenuidad. Para impedir ser confundidos con ellos, etiquetaron su propia teoría con el calificativo de "científico".
La expresión "utopía" significa plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable ya desde el mismo momento de su formulación. Proviene de "Utopía", obra escrita por Tomás Moro, intelectual, político y humanista inglés(S. XV-XVI). En ella teorizaba acerca de una isla de ese nombre que era ideal y perfecta.
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Cronológicamente las ideas del socialismo utópico alcanzaron su madurez en el período comprendido entre 1815 y 1848 (fecha de publicación del Manifiesto Comunista).
Los socialistas utópicos formaron un grupo de pensadoresheterogéneo. Sin embargo tuvieron en común una serie rasgos, en gran medida influidos por las ideas de Rousseau.
- La importancia de la naturaleza estaba muy presente en sus ideales, aunque ello no fue obstáculo para que fuesen favorables a laindustrialización y el maquinismo.
- Dedicaron sus esfuerzos a la creación de una sociedad ideal y perfecta, en la que el ser humano se relacionase en paz, armonía eigualdad.
- Sus metas habrían de alcanzarse mediante la simple voluntad de los hombres, es decir, pacíficamente, de ahí que sus seguidores se opusieran a las revoluciones y a acciones como la huelga.
- Pusieron al descubierto y denunciaron los perniciosos efectos del capitalismo, pero no investigaron sobre sus causas profundas.
- Con el fin de paliar las injusticias y desigualdades emprendieron diversos planes, en los que primaron la solidaridad, la filantropíay el amor fraternal.
Entre los socialistas utopicos se destacaron los siguientes:
Robert Owen
Fue un empresario, fabricante de hilaturas de algodón. En su fábrica escocesa de New Lanarkpuso en práctica una serie de medidas que mejoraron significativamente las condiciones de vida de sus obreros, tales como la reducción de la jornada de trabajo, salarios más dignos, educación infantil, etc.
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El éxito lo animó a crear en USA una comunidad ideal, New Harmony, que sin embargo constituyó un fracaso. Su pensamiento y praxis influyeron de forma relevante en el cooperativismo.
El conde de Saint-Simon
De origen aristocrático, pensaba que el progreso humano se obtiene mediante el desarrollo económico. La industria habría de recibir un nuevo impulso para evitar enfrentamientos entre los hombres.
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Según Saint-Simon la sociedad debería ser regida por una élite de intelectuales, científicos y sabios, era partidario de una "tecnocracia" que garantizase el desarrollo de las clases más humildes. Para ello sería necesaria una trasferencia de poder desde los sectores "ociosos" de la sociedad (Ejército, Iglesia y Nobleza) a los "productores" (industriales y campesinos).
Charles Fourier
Le preocupaba la explotación, la miseria y la monotonía laboral que aquejaba a la clase obrera. Trató de paliarlas a través de la creación decolectividades voluntarias denominadas "falansterios".
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Estas comunidades se constituyeron en centro de actividades agrícolas, industriales y contaron con administración, distribución y consumo propios. Sus discípulos fundaron falansterios en México, Estados Unidos y otros países. Fue defensor de la igualdadentre hombres y mujeres.
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Otras figuras destacadas del socialismo utópico fueron el ya mencionado Blanqui, que formuló una teoría sobre la dictadura del proletarido, y Louis Blanc, partidario de la acción del Estado como forma de mitigar las desigualdades sociales. Tras la Revolución de 1848 en Francia, siendo ministro de Trabajo de la IIª República, auspició la creación de los Talleres Nacionales, con el objetivo de mitigar el desorbitado paro obrero generado por la crisis económica.
Causas de la Revolución Industrial. Aspectos Sociales
La revolución industrial es considerada
como el mayor cambio tecnológico socioeconómico y cultural de la historia,
ocurrido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, que comenzó en el
Reino Unido y se expandió por el resto del mundo. En aquel tiempo la economía
basada en el trabajo manual fue sustituida por otra dominada por la industria y
la introducción de maquinaria.La revolución empezó con la mecanización de las
industrias textiles y el desarrollo de los procesos de hierro. La expansión del
comercio aumentó por la mejoría de las rutas y, posteriormente, por el
ferrocarril. La introducción de la máquina de vapor y una poderosa maquinaria favorecieron
los drásticos incrementos en la capacidad de producción. El desarrollo de
maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura
para una mayor producción de artefactos utilizados en otras industrias.
Las causas de la revolución industrial
son complejas, algunos historiadores las ven como el momento en el que se
dejaron atrás los cambios sociales e institucionales surgidos en el fin de la
etapa feudal británica después de la guerra civil inglesa en el siglo XVII
Como los controles fronterizos se
hicieron más efectivos, la propagación de enfermedades disminuyó previniendo
epidemias como las ocurridas en tiempos anteriores. La revolución agrícola
británica hizo además eficiente la producción de alimentos con menos trabajo intensivo,
incentivando a la población que no podía encontrar trabajos agrícolas a tomar
empleos relacionados con la industria, originando un movimiento migratorio
desde el campo a las ciudades, así como un nuevo desarrollo en las fábricas. La
expansión colonial del siglo XVII acompañada del desarrollo del comercio
internacional, la creación de mercados financieros y la acumulación de capital
son considerados factores influyentes, como también lo fue la revolución
científica del siglo XVII. La presencia de un mayor mercado doméstico debería
también ser considerada como un catalizador de la revolución industrial,
explicando particularmente porqué ocurrió en el Reino Unido. En otras naciones
como Francia, los mercados estaban circunscritos a regiones locales, lo que
frecuentemente imponía altas tarifas en las mercancías comercializadas entre
ellas.
La invención de la máquina de vapor fue
una de las más importantes innovaciones de la revolución industrial. En el
siglo XVIII la industria textil aprovechó el poder del vapor de agua para el
funcionamiento de algunas máquinas que utilizaba. Estas textiles se
convirtieron en el modelo de organización del trabajo humano en las fábricas.
Además de la introducción de la maquinaria, la cadena de montaje contribuyó
mucho en la eficiencia de las fábricas. Con una serie de trabajadores
realizando una misma tarea en la elaboración de un producto a medio terminar a
los siguientes trabajadores para que estos a su vez efectuaran otra tarea
específica sobre éste, la cantidad de mercancía producida se incrementó
significativamente.
Los efectos de la revolución industrial se esparcieron alrededor de Europa occidental y América del norte durante el siglo XIX, eventualmente afectando a la mayor parte del mundo. El impacto de este cambio en la sociedad fue enorme y frecuentemente comparado con el de la Revolución Neolítica (6000 años antes), cuando el arado hizo posible el desarrollo de la agricultura.
Los efectos de la revolución industrial se esparcieron alrededor de Europa occidental y América del norte durante el siglo XIX, eventualmente afectando a la mayor parte del mundo. El impacto de este cambio en la sociedad fue enorme y frecuentemente comparado con el de la Revolución Neolítica (6000 años antes), cuando el arado hizo posible el desarrollo de la agricultura.
La industrialización que se originó
en Inglaterra y luego se extendió por toda Europa no sólo tuvo un gran impacto
económico, sino que además generó enormes transformaciones sociales.
A) Proletariado urbano.
A) Proletariado urbano.
Debido a la revolución agrícola y demográfica, los
campesinos emigraron de forma masiva a la ciudad; el antiguo agricultor se
convirtió en obrero industrial. La ciudad industrial aumentó su población como
consecuencia del crecimiento natural de sus habitantes y por el arribo de este
nuevo contingente humano. Esto se vio agravado por la mentalidad de la época,
que consideraba que el trabajo humano no era distinto del de una máquina o un
animal, es decir, que estaba totalmente regulado por la ley de la oferta y la
demanda.
La carencia de habitaciones fue el primer problema que
sufrió esta población marginada socialmente; debía vivir en espacios reducidos
sin las mínimas condiciones, comodidades y condiciones de higiene. A ello se
sumaban largas horas de trabajo, en las que participaban hombres, mujeres y
niños que carecían de toda protección legal frente a los dueños de las fábricas
o centros de producción. Este conjunto de males que afectaba al proletariado
urbano se llamó la Cuestión social, haciendo alusión a las insuficiencias
materiales y espirituales que les afectaban. La reacción de los obreros o
"proletarios" ante esta situación fue violenta y se materializó en la
huelga y en la creación de nuevas organizaciones gremiales (sindicatos,
sociedades de resistencia y socorro, etc.)
a) Condiciones de trabajo.
a) Condiciones de trabajo.
Reducir a esclavitud a la clase obrera y organizar la
vida de las fábricas, la disciplina y el régimen de trabajo, según un esquema
más próximo al programa de vida de la cárcel que al del taller, fue el criterio
general del empresario capitalista del siglo XIX. La concentración de mano de
obra en las fábricas hizo nacer nuevas exigencias en la organización del
trabajo. El artesano o el productor del taller familiar rechazaban el nuevo
sistema de producción fabril. Las máquinas alimentaban sus sospechas de amenaza
de paro, los largos horarios, los duros programas de trabajo y la disciplina
impuesta por los capataces les repugnaban en cuanto mermaban su libertad. Más
tarde serían aplastados bajo el peso de los monopolios. Fueron los más pobres,
los trabajadores del campo y los pequeños propietarios rurales, arrojados hacia
las ciudades por las leyes de cercados o las transformaciones en la explotación
agrícola, quienes se vieron obligados a contratarse en las fábricas. Los niños
“asistidos” por las parroquias lucen preparados y obligados desde allí a
sumarse a las primeras oleadas de este nuevo proletariado.
Cuando, a principios del siglo, los fabricantes
ingleses acudieron al gobierno para excusar el pago de impuestos debido a los
“elevados salarios” que demandaba el obrero, VVilliani Pitt les contestó:
“Tomad a los niños”. En un discurso en el Parlamento, William Pitt les declaró
textualmente:
“La experiencia nos ha demostrado lo que puede producir el trabajo de los niños y las ventajas que se pueden obtener empleándolos desde pequeños en los trabajos que pueden hacer”
La legislación inglesa y la Iglesia anglicana defendieron a ultranza la contratación de niños. Los administradores de impuestos de pobres mandaron grupos de niños lejos de sus padres. Los ritmos de trabajo eran excesivamente duros. La estrecha vigilancia de los capataces imponía toda suerte de arbitrariedades, desde castigos económicos, como pago de multas, hasta castigos físicos. La vigencia de la tortura en las primeras concentraciones fabriles fue un hecho constatado en la literatura social de la época.
“La experiencia nos ha demostrado lo que puede producir el trabajo de los niños y las ventajas que se pueden obtener empleándolos desde pequeños en los trabajos que pueden hacer”
La legislación inglesa y la Iglesia anglicana defendieron a ultranza la contratación de niños. Los administradores de impuestos de pobres mandaron grupos de niños lejos de sus padres. Los ritmos de trabajo eran excesivamente duros. La estrecha vigilancia de los capataces imponía toda suerte de arbitrariedades, desde castigos económicos, como pago de multas, hasta castigos físicos. La vigencia de la tortura en las primeras concentraciones fabriles fue un hecho constatado en la literatura social de la época.
Los horarios de trabajo del obrero del siglo XIX
oscilaban entre las catorce y las dieciséis horarias. En muchas fábricas se
edificaban cobertizos al pie de las naves de trabajo, donde dormían hacinados
cientos de hombres, mujeres y niños durante escasamente cinco horas diarias. Además
los obreros se hallaban a merced de todo tipo de enfermedades.
Las revoluciones de 1830 a 1848 sacaron a la luz pública situaciones increíbles sobre la vida cotidiana del proletariado. Documentos como los de Villarmé, en su Cuadro sobre el estado físico y de los obreros, florecieron en los flujos y reflujos de los primeros movimientos populares. En él se denunciaban con las consecuencias de los salarios de hambre, las columnas de niños de seis a ocho años que a las cinco de la mañana recorrían enormes distancias para ir a los talleres. La inseguridad en el trabajo, agudizare todo en los comienzos del maquinismo, arrojaba altos índices de mortalidad laboral.
B) Burguesía industrial.
Las revoluciones de 1830 a 1848 sacaron a la luz pública situaciones increíbles sobre la vida cotidiana del proletariado. Documentos como los de Villarmé, en su Cuadro sobre el estado físico y de los obreros, florecieron en los flujos y reflujos de los primeros movimientos populares. En él se denunciaban con las consecuencias de los salarios de hambre, las columnas de niños de seis a ocho años que a las cinco de la mañana recorrían enormes distancias para ir a los talleres. La inseguridad en el trabajo, agudizare todo en los comienzos del maquinismo, arrojaba altos índices de mortalidad laboral.
B) Burguesía industrial.
Al contrario del grupo anterior, los grandes
empresarios fueron fortaleciendo su poder tanto económico como social,
consolidando así el sistema capitalista, caracterizado por la propiedad privada
de los medios de producción y la regularización de los precios por el mercado,
de acuerdo por la oferta y la demanda.
En este escenario, la burguesía desplaza
definitivamente a la aristocracia terrateniente y deja de ser considerada
“inferior” basando su situación de privilegio social esencialmente en la
fortuna y no en el origen o la sangre. Acreditados por una doctrina que
defendía la libertad económica, los empresarios obtenían grandes riquezas, no
sólo vendiendo y compitiendo, sino que además pagando bajos precios por la
fuerza de trabajo aportada por los obreros.
C) Propuestas para remediar el problema social.
El problema social va a intentar soluciones en nuevos movimientos económico-sociales e incluso, institucionales.
a) El socialismo utópico.
Corriente idealista que nace durante la primera mitad del siglo XIX y cuyos representantes más importantes fueron Robert Owen, en Inglaterra y Saint-Simón, Charles Fourier y Blanc, en Francia. Su ánimo general fue la filantropía, tratar de dar solución a la "cuestión social" a través de fábricas colectivas, talleres nacionales y falansterios o "comunidades socialistas". Los socialistas utópicos no constituían pensadores de tendencias homogéneas, sino que eran animados por su buena voluntad individual, lo que explica en parte el fracaso de sus tentativas.
b) El socialismo científico o marxismo.
Karl Marx y Friedrich Engels analizaron el origen de la problemática social y proyectaron consecuencias a largo plazo de ella, elaborando una teoría al respecto. Estas ideas están trazadas substancialmente en Das Kapital (El capital) de Karl Marx, en que sostiene que la base y motor del desarrollo histórico es la economía (infraestructura) y que es complementada con el aparato jurídico-cultural (superestructura) que contribuye a consolidar un determinado sistema productivo.
Además, el marxismo sostiene que la sociedad capitalista será sucedida por un estado proletario en que desaparecerá la propiedad privada y con ella, la lucha de clases. Se plantea que en esta etapa la propiedad será colectiva o común (de ahí el apelativo "comunista") y, se ejercerá "la dictadura del proletariado".
Estas ideas fueron compendiadas en el Manifiesto comunista, distribuido en París en 1848, escrito por Engels y Marx.
c) Anarquismo.
Surge en la segunda mitad del siglo XIX, y sus principales representantes fueron Proudhon y Bakunin.
Se trata de un socialismo radical extremista que niega la existencia del Estado, el cual debe ser destruido aún a costa de la violencia.
d) Doctrina Social de la Iglesia.
La doctrina católica no fue inmune a los problemas sociales ni tampoco al marxismo.
En el año 1864, Pío IX condenó en su Syllabus el materialismo histórico y el marxismo. En 1891 apareció la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, en la que se rechazó el conflicto de clases sociales y condenó el abuso de los patrones. Con esta Encíclica se inició la Doctrina Social de la Iglesia, que recalcó el valor y dignidad del trabajo humano, el respeto a la propiedad privada y la necesidad de las asociaciones de trabajadores. En 1931, esta doctrina se vio complementada con la encíclica Cuadragessimo Anno de Pío XI (que condena al liberalismo económico y al comunismo); en el concilio Vaticano II también se abordó el tema de las relaciones capital-trabajo.
A continuación, un fragmento de Rerum Novarum: « (...) Si el obrero presta a otros sus fuerzas a su industria, las presta con el fin de alcanzar lo necesario para vivir y sustentarse y por todo esto con el trabajo que de su parte pone, adquiere el derecho verdadero y perfecto, no solo para exigir un salario, sino para hacer de este el uso que quisiere (...) ».
CONSIGNAS DE TRABAJO:
- Importancia de la maquina a vapor en la revolución industrial
- Enumerar las consecuencias sociales de la proletarización urbana
- Causas que produjeron el surgimiento del trabajo infantil y femenino
- Como se resolvió la lucha social entre la burguesía y la aristocracia terrateniente
EL ORIGEN DE LA SOCIOLOGÍA
La Sociedad Europea a
Fines del Siglo XVIII y Principios del XIX
El nacimiento de la sociología (como una ciencia de lo
social) lo podemos ubicar a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Nace en
Europa como respuesta de los intelectuales para explicar los cambios que se
presentaron en esa parte del mundo, tanto en lo económico como en lo político y
social.
En esta época el modo de producción capitalista, que se
gestó en el seno del feudalismo, empezó a predominar sobre las formas de
producción precapitalistas; ya que tanto la artesanía como la manufactura se
vieron imposibilitadas a competir con el avasallador desarrollo de la gran
fábrica capitalista, al grado de desaparecer paulatinamente. Del mismo modo, se
intensificó el dominio económico de la ciudad sobre el campo, que provocó la
desaparición de gran parte del campesinado inglés y el cambio radical de la
estructura profesional, pues la población agrícola se incorporó poco a poco en
las diferentes ramas de la industria.
Desde aquí cuando las grandes ciudades se convierten en
centros industriales como resultado de la Revolución Industrial. Al mismo
tiempo que se experimentaban estos cambios en la estructura económica y social,
en la política la burguesía desplazó del poder a la vieja nobleza feudal. En
efecto, como una consecuencia de su poder económico, para esta clase era
imprescindible asumir el poder político del Estado, ya que sólo así se podría
tener una sociedad acorde con sus intereses. El discurso político que sirvió
para justificar la consolidación de la burguesía como clase dominante fue el
Liberalismo.
Esta doctrina se basa en la idea de la expansión
interminable de la prosperidad económica, gracias a la competencia y a la
perpetuidad del proceso progresivo. "La economía liberal, es decir el
Capitalismo predicaba de hecho sobre el fundamento del perpetuo crecimiento del
movimiento expansivo incesante".1 De ahí que el liberalismo, ideología que
pregona la libertad del individuo y de la propiedad privada, se convierta en su
más acabada del pensamiento burgués, pues sus principios políticos ajustaban
plenamente en las aspiraciones que demandaba esta clase social, a saber:
1. La limitación del poder estatal como garantía de la
libertad del individuo, pero al mismo tiempo protector de la propiedad privada
de los individuos.
2. La sujeción de los gobernantes a la ley.
3. La democracia representativa que garantizaba la
participación de los individuos en los asuntos públicos.
4. La existencia de la división de los poderes del estado.
5. La no reelección de los gobernantes, garantizando la
sucesión regulada en el poder.
Con estas ideas de libertad en lo económico en lo político,
la burguesía que pudo consolidarse como la clase dominante del capitalismo,
comenzó a reclamar para sí privilegios sociales: derecho de propiedad,
disposición de los mejores bienes sociales, libertad de empresa y de comercio,
protección de las leyes y, consecuentemente, del estado. En una palabra, para
ellos: ... la mejor manera de que los gobernantes promovieran el bien de la
nación consistía en que se aplicaran a cumplir sus propias obligaciones
legítimas y dejaran al capital encontrar por sí mismo sus canales más
lucrativos; asimismo, que permitieran a los bienes a adquirir su justo precio,
a la industriosidad y la inteligencia su premio natural, y a la ociosidad y la
estupidez su correspondiente castigo; que mantengan la paz, cuiden la
propiedad, aminoren los gravámenes de la ley, y cuiden que en todos los
departamentos estatales rija una estricta economía. Bastaba que el gobierno
cumpliera con todo esto para que el pueblo se encargara de cumplir con todo lo
demás.
La Urbanización de la
Vida Social
La nueva estructura económica y social trajo como
consecuencia del desarrollo de la vida en las ciudades, en donde se
incrementaba el establecimiento de industrias, centros comerciales, y también
se daban las contradicciones que el propio capitalismo engendraba. En efecto,
en contraste con la riqueza y privilegios que alcanzaba la burguesía, existía
un número cada vez más grande de pobres e indigentes. Y dado que en la ciudad
del centro de la vida social, el ambiente que en ellas imperaba mostraba, en
toda su magnitud, la diferencia entre los distintos sectores que la componían.
Al respecto, Eric J. Hobsbawnos dice:
En la ciudad, ya no era sólo que el humo flotara
continuamente sobre sus cabezas (de quienes las habitaban) y que la mugre les
impregnara, que los servicios públicos elementales: suministros de agua,
sanitarios, limpieza de las calles, espacios abiertos, etcétera, no estuvieran
a la altura de la emigración masiva a la ciudad, produciendo así, sobre todo
después de 1830, epidemias de cólera, fiebres tifoideas y un aterrador y
constante tributo a los dos grandes aniquiladores urbanos del siglo XIX: la
polución atmosférica y la del agua, es decir, enfermedades respiratorias e
intestinales. No era sólo que las nuevas poblaciones urbanas, a veces
totalmente desconocedoras de la vida no agraria, como los irlandeses, se
apretujaban en barriadas obreras frías y saturadas, cuya contemplación era penosa...
Aquí la vida del pobre, fuera del trabajo, transcurría entre
hileras de casuchas, en las tabernas baratas e improvisadas y en las capillas,
también baratas e improvisadas donde se solía recordar que no sólo de pan vive
el hombre. Era mucho más que todo esto: la ciudad destruyó la sociedad,
"no hay ninguna otra ciudad en el mundo donde la distancia entre el rico y
el pobre sea tan grande o la barrera que los separa tan difícil de franquear,
escribió un clérigo refiriéndose a Manchester. Hay mucho menos comunicación
personal entre los dueños de una hilandería y sus obreros entre el sastre y sus
aprendices, que entre el duque de Wellington y el más humilde jornalero de sus
tierras." La ciudad era un volcán cuya erupción los aterrorizaba.
Para sus habitantes pobres, la ciudad era más que un testigo
presencial de su exclusión de la sociedad humana: era un desierto pedregoso,
que a costa de sus propios esfuerzos tenían que hacer habitable.
Estas graves
diferencias sociales no tenían una explicación lógica y coherente. Los sectores
ilustrados de la época se preocuparon por proporcionar explicaciones de los
problemas que más aquejaban a la sociedad mostrando sus dimensiones con lujo de
detalle pero sin analizar las causas que los provocaban.
Las Primeras
Investigaciones Sociales
Era así como, en el primer tercio del siglo XIX, en
Inglaterra y Francia se fundaron sociedades de investigación estadística, las
cuales se encargaron de realizar censos sobre población, particularmente en los
sectores pobres a fin de obtener datos fehacientes del número de indigentes en
cada una de las ramas de la actividad productiva. Estas investigaciones, que
tenían un carácter eminentemente empírico, al dar cuenta de la situación social
prevaleciente provocaron diversas reacciones: por un lado los gobiernos de
Inglaterra, Francia y otros países crearon legislaciones de protección social a
consecuencia de diversos movimientos de trabajadores, como el movimiento cartista
en Inglaterra; por otro lado, aparecieron filántropos sociales como Robert
Owen, Charles Fourier y Saint-Simón, quienes propusieron diversas formas de
organización social para solucionar las condiciones de los sectores pobres y
marginados.
De estos filántropos sociales fue Saint-Simón quien propuso
que el conocimiento social debía ser un conocimiento no sólo empírico sino
científico, que debía construirse con rigurosidad, conformándose en una ciencia
específica de lo social o del hombre. Y es a partir de las inquietudes y
propuestas de Saint-Simón que Augusto Comte, su discípulo, inicia sus
investigaciones y funda la sociología como una ciencia particular y específica.
De hecho, muchos de los postulados comtianos retoman las
ideas sansimonianas. Separación de lo social y lo económico Desde el comienzo,
los problemas sociales eran explicados más por la Economía Política que por una
ciencia específica de lo Social, por lo que una de las tareas de Comte fue
separar la economía de lo estrictamente social. Esta era "la primera
condición para el surgimiento de una ciencia sociológica".
Esta separación entre
lo económico en lo político trajo consigo que la Sociología comtiana y más
tarde la sociología en general, "se limitará a los hechos del orden social
existente y, aunque sin rechazar la necesidad de la corrección y el
mejoramiento, excluyera todo impulso que tienda a derrocar o negar el orden
(del sistema económico prevaleciente)" . Esto trajo como resultado una
sociología positiva apologética y justificadora del capitalismo”.
ACTIVIDADES:
1. Explica los cambios sociales que se sucedieron a
consecuencia de la Revolución Industrial y del desarrollo urbano.
2. ¿Cómo fueron las primeras investigaciones sobre los
problemas sociales a principios del siglo XIX?
3. Por qué fue importante el Liberalismo en el desarrollo
del capitalismo?
4. ¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron la
aparición de la sociología como una ciencia social autónoma?
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